Como esas calvicies que asemejan a un edredón de los que van resbalando y resbalando, descendiendo hasta desaparecer en la nada, los agujeros en mi memoria se agrandan a ratones llenos. Me ocurren dos cosas frecuentemente que no son de mi agrado.
En un primer caso lo denomino ‘pérdida momentánea de la realidad’, es decir, con decisión y muy gallarda me dirijo rauda a realizar cualquier misión (entiéndase por misión coger unas llaves, llamar a mi madre, archivar unas fotos, cambiar de bolso…), y, para desgracia mía, se cruza una mosca en un espacio vital que me deja completamente embelesada durante poco más de 20 segundos, un mundo, ya que, después de que el insecto haya continuado su aventura cojonera, servidora se sumerge en la inopia y la zozobra me hace preguntarme insistentemente qué hago en mitad de ninguna parte definida con la remota intención de llevar a cabo algo y desconocer el objetivo. Suele ocurrir que, pasadas tres horas, una pieza de materia gris se encaja y comienzo a recordar, demasiado tarde, eso sí.

Una variante del gruyere de mi azotea aparece en algunas conversaciones. Yo hablo, intercambio opiniones, comentarios van, comentarios vienen y la bombilla de las ocurrencias se me enciende. Atención, es algo divertido o fundamental. Entonces mi lenguaje corporal se pone en alerta e indica que voy a decir algo, genero expectativa en mis contertulios. Se hace el silencio y, cuando lo voy a decir, esa idea se esfuma. Desaparece.
Bravo, bravísimo. Esto…. parece que cambia por fin el tiempo,eh?













