Crucero

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 08-05-2012

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Si no es viernes, y si no es de noche, por estas calles andan poco más que los imprescindibles. Puede ocurrir, siendo como es, ya, temporada de cruceros, que al bajar hacia la Plaza Mayor y el final de San Bernardo te corte el paso una riada de turistas –o de corredores, pero esa es otra historia–.

La semana pasada: llevaban la barbilla altísima y la mirada perdida entre las cornisas, con unos cuantos vasos de sidra colgando de los dedos.

Se asentían los unos a los otros, tan respetuosos como son a aquello del calzado cómodo. No hay mejor manera de distinguir a un guiri que buscando los playeros de correr, los vaqueros, el polo, la tez rosada y la gorra. Y la cámara, y souvenirs.

Cimadevilla parece gustarles mucho. Uno, que no siempre sale tan peinado como debería, puede asomarse del portal y, en lugar de la clásica calma o de una vecina malencarada (en el próximo capítulo), puede topar con esa turba rápida que ha desembarcado en El Musel y que se apresura para volver al refugio del camarote, que atraviesa la ciudad como una daga profiláctica y voraz.

Todo lo ven, todo lo retratan y luego lo digieren, a cientos de kilómetros de aquí. Y supongo que ahora, alguien, en algún lugar del mar, llevará en el regazo la crónica de un barrio –este– que ha cambiado muchísimo desde entonces, y al que quizás nunca vuelva. Quizás nunca se lo podamos explicar. Pero se lleva, de recuerdo, una cara sorprendida y un pelo alborotado colgando de la cámara.

Ocurrió en una mesa

Archivado en (Comer) por Alejandro Carantoña el 01-05-2012

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Nos costó tres días llegar allí.

Primero, me lo encontré el jueves por la noche, tarde, arrastrando los pies hacia el bar.

–Voy a arrancar las carrilleras para el sábado.

Viernes. Se cernía sobre una tapa:

–Hum… Le falta…

Otro hervor.

Me puso una tapa delante, y le dije que se llevara el cuchillo. El tenedor se hundió entre la salsa aterciopelada, y topó con unas mechas de carne que se abrieron a su paso.

–Bueno, le falta la cebollina –se disculpó.

Sábado. Entré en el Botánico con muy poco sueño y demasiada lluvia encima, con el agua pegada al pelo como gomina; con la grava crujiendo bajo la lluvia y retumbando ante el pabellón.

Un borbotón a las carrilleras, un plop.

Dos días habían pasado, dos días de camino entre los robles centenarios, con la tierra mojada uncida al bajo de los pantalones, cuando llegué a la mesa y me senté. Era tarde, pero todavía no había leído el periódico.

Ante mí apareció una servilleta, un tenedor y un cuchillo, que aparté sin obviar la ceremonia.

Luego creció una montaña de patatas fritas y, tras ellas, carne, rematada, acabada. Ante aquellas carrilleras, la duda de qué hacer, un suspiro como el que está al borde del último movimiento, ante el principio de un protocolo marcado y despacioso.

Y con el último trozo de pan pegado al fondo del plato, y el periódico ya cerrado, me sonrió y dijo:

–Con qué poco eres feliz.

Hache de horizonte

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 25-04-2012

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Sale como si fuera una u; vertiginosa y envolvente, aunque no es más que un truco. En realidad, todo es una recta inabarcable para el ojo humano, con rocas y agua y espuma, que delimitan la frontera entre Tapia de Casariego y el Cantábrico, y todo lo demás.

En sitios como este y momentos como aquél, en que las nubes no dejan filtrarse la luz más que hecha harapos, el color que impregna a los pueblos y el halo que rodea a los puertos impresiona, sobrecoge.

Dos turistas se llevan las manos a las cámaras, rápidos (empieza a haber muchos turistas en Asturias), pero no parecen satisfechos con el resultado. Solo lo están con la mojadura que se ha pillado el señor –de los de la buena mesa y el bigote recortado–, pero se olvidan de la cámara.

No cabe, no hay sitio, tiene que deformarlo hasta convertirlo en una U carente de interés para mostrarlo. Desde que empieces el barrido hasta que lo acabes la luz habrá cambiado cinco o seis veces, y varias olas se habrán estampado con saña contra el malecón.

Hache de hecho, de fraguado hasta resultar casi indiferente para los lugareños. Hache de horizonte, hacia el que apenas miran (porque saben que sigue ahí) pero que a los demás, a los que estamos de paso, nos deja clavados, quietos. Hasta que una ola juguetona, asilvestrada, nos salude con un remojón gratuito, rápido. Con hache de hola.

Garci no me cansa

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 13-04-2012

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Nunca he sido capaz de ver Volver a empezar así, entera, de cabo a rabo. Creo que Garci me cansa.

Volvía por el Muro, dando un paseo, cuando una pareja se acercó y dijo:

–¿Te importa hacernos una foto?

Y se pusieron de espaldas al costado más lejano de la playa, el del Piles, y se abrazaron, y forzaron la sonrisa para quedar inmortalizados en Gijón.

–No es por nada –expliqué–, pero si no os hacéis una con la iglesia de San Pedro de fondo los amigos no se van a creer que estuvisteis en Gijón.

–¡Tienes razón! –contestaron. Giraron, y los inmortalicé en esa barandilla blanca que nadie ha inmortalizado, ejem, nunca, con ese fondo al que nadie, ejem, ha acudido jamás.

Esa iglesia, esa estampa, es José Luis Garci. Y eso que nunca he conseguido ver Volver a empezar así, entera, de cabo a rabo. Me cansa sin haberla visto.

Pero sigues volviendo a la playa.

Mordisquinos

Archivado en (Voto útil) por Alejandro Carantoña el 25-03-2012

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Y nos quejábamos porque no había nada de ambiente electoral.

Echando un pitu, una cosa normal:

–La gente está harta. No parece que vayamos a votar…

Pues llegó el día. Y aunque quedamos sin trasiego, hay algo de ritual en esto. El café a las ocho de la mañana, el domingo límpido y tradicional… No perdemos las buenas costumbres.

Aunque celebremos elecciones –que viene a ser a la democracia lo que la Nochebuena a las reuniones familiares– cada tres meses no se pierde cierto encanto, cierto placer en darle mordisquinos a este periódico, y a aquel mítin, para dar forma con responsabilidad al gesto electoral.

Mordisquinos, pintadinas, carteles de los candidatos deshilachados por el viento o por algún zombi nocturno.

Narices rojas, hurtos menores, gamberradas varias y, al final, todo el pescado vendido antes de la hora de comer. En el ritual, en este del voto útil y la fartura absoluta, acaba por residir el futuro. Un mordisquín por aquí, un vermutazo por allá y, sin quererlo, en doce horas tendremos nuevo jefe.

En la mesa no se habla

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 04-03-2012

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La mesa debe tener un mantel blanco por el que arrastrar la mano nada más sentarse, copas limpias y platos, secos por acción del vapor, que inviten a comer.

Los tengo al lado, y son una pareja joven que mira con cautela la carta, estudiando los precios porque un día es un día, pero tampoco hay que pasarse.

Piden, y sacan los móviles.

En Asturias pasa mucho: en aquel café de Gijón había un señor y una señora que entraban, marciales, a la misma hora todos los días. Él tomaba una cerveza de importación y ella, un zumo. Se sentaban frente a frente, miraban hacia las paredes, apuraban las consumiciones a sorbitos y se marchaban por donde habían venido.

La pareja que tengo al lado:

–Qué poco romántico eres, cari.

No hablan, mordisquean un trozo de pan. Ya no se puede pasar la mano por el mantel, ahora hay que pellizcar las migas de pan que han ido sembrando, mientras que esperaban una dudosa sopa de pescado, en un esfuerzo por mirarse y no hablarse.

En la mesa, cari, no se habla.

El otro lado del cristal

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 17-02-2012

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Perdonarán la ausencia los lectores, pero últimamente han ocurrido demasiadas cosas. Y todas, al otro lado del cristal, claro.

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Está claro que ahí delante no pasa nada, nada más que una curva.

A la lugareña le da igual, porque hace el trayecto todos los días y no entiende el ramalazo de guiri de, hombrepordios, ir a pararse en una cuneta a hacer una foto a través del cristal. ¿Va a morderte un jabalí?

A mí la niebla, esos árboles y todo lo demás me tranquilizan, pero también me inquietan. Por suerte o por desgracia, no estoy acostumbrado a estas curvas de carretera comarcal; y por suerte, siguen fascinándome los árboles pelados y los bancos de niebla. Qué se le va hacer.

El caso es que la curva, ahí delante, parece tranquila y silenciosa. Mucho más que todo lo demás. Aunque hayan pasado un montón de cosas que han quedado sin contar.

La cuestión es volver a perderles el miedo (hombrepordios, pareces de Madrí) y atravesar el cristal. A ello.

Historia de un desconchón

Archivado en (Vecinos) por Alejandro Carantoña el 07-01-2012

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Bajé por las escaleras, mientras que llovía fuera. No cayó un trueno, pero lo pareció: al final, una de mis vecinas me esperaba para preguntar:

–¿Hiciste tú (TÚ) un pedido?

–No –dije algo amedrentado–, yo nunca hago pedidos.

Había oído voces y movimientos en el rellano aquella mañana. Descubrí, por boca de mi vecina, que el desaprensivo repartidor había hecho, a pesar de todas las advertencias, un desconchón en el gotelé de las escaleras al subir las cajas cargadas de viandas.

Estuve a punto de perder este piso por ese motivo: a la casera no le hacía ninguna gracia que mis muebles subieran por las escaleras y reventaran la preciada mano de pintura amarilla, que acababan de aplicarle a las paredes. Hay derramas que no se tocan.

–No, no, si no te lo digo por eso. Es que se lo advertimos, y nada, ni caso. Era por saber quién había hecho el pedido. Si haces un pedido, explícales que tengan cuidado. Ya sabes. Cuidado.

–Claro.

Será la lluvia, pero no he podido dejar de imaginar qué pasaría si hubiera que bajar, o que subir, por las escaleras, algo más voluminoso. ¿Una caja de pino?

Me veo con un café en la mano, inspirado por Álex de la Iglesia, con mis zapatillas del Sporting y en bata, plantado en el descansillo, viendo a mi vecina guiar la alucinada comitiva escaleras abajo, o algo así:

–A la izquierda. No, no, tanto no. A la derecha, ahora. Cuidado, CUIDADO.

Plañideras cerrando el séquito, todo un trasiego de gente en el edificio mientras que dos tipos, con chistera y tez cetrina, se esfuerzan por no tocar el gotelé. Bajo ningún concepto.

Aparcar en 2012

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 31-12-2011

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La idea de Nochevieja que tengo tiene que ver con un salón amplísimo, una lámpara de araña y gente de esmoquin. Y muchas cosas más: lo tengo clarísimo, hasta el último detalle. Pero no sé de dónde lo he sacado.

La ficción solo es posible por eso, porque nunca la he vivido. Porque siempre hay algún elemento que falta (o todos, como es el caso), y que la hace imposible. Ese elemento inalcanzable es lo que no está de antemano, pero en realidad es lo más importante.

Es la ficción que uno mismo le echa. Imaginarme acabar con la ceniza del puro en la copa de champán y el nudo de la pajarita deshecho.

El proceso no es cosa de hoy, por supuesto, es mucho más cotidiano: ayer, en Oviedo.

Aparcandoen2012

Solo les importa el sol, y por eso han aparcado ahí. Ellos quieren ver el periódico y bien poco les importa si lo que tienen enfrente es una pared de piedra. El paisanaje, para quien lo quiera.

Semejante tontería es la que te alegra el día y te arranca una sonrisa. Estos paisanos no lo saben, pero encierran literatura en lo nimio de sus gestos.

Paisanos aparcando en 2012.

Me he quedado sin mi fiesta de Nochevieja, un año más, sin la del esmoquin, la lámpara de araña y su montón de detalles. En cambio, tengo una sabrosa ración de realidad.

Pero convenientemente espolvoreada con la sal  de los detalles, hinchada por la levadura de la ficción y horneada hasta lograr una capa, no siempre gruesa, de cosas buenas de cosecha propia. O de cosecha ajena, pero siempre próxima. Cosa de amigos, compañeros, gente cercana.

Abrir los ojos y ganarte la ración de realidad, y la sonrisa que encierra, y la literatura que guardan estos paisanos en el simple hecho de aparcar.

Eso ha sido lo mejor de 2011. Y espero que lo sea de 2012.

Feliz año nuevo.

De galerna

Archivado en (Vistas) por Alejandro Carantoña el 16-12-2011

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Igual no es para tanto, pero la noche ha sido agitada en el barrio alto. Aquí el viento ulula y asusta. Aunque también se está llevando, ahora mismo, las nubes hacia Somió, y nos deja el cielo despejado sobre Cimadevilla.

La aventura de salir de casa cobra enjundia en días como hoy. En el kiosko, el suelo brillaba y la fregona no terminaba de secarse. Allí delante, en la Plaza del Marqués, andaban las gaviotas jugando a no moverse y los pocos osados que habían salido a la calle, a fotografiarse frente a esa fuente de chorros torcidos, agitados, elevados y removidos por el viento.

En el telediario han salido dos coches aplastados; y hay un contenedor volcado al lado de casa. Hay caos, frío, ganas de meterse en casa. No quiero imaginarme lo que saldrá hoy por la boca de Pedro Piqueras.

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La farola de la esquina ha perdido su tocado, que solo se ha acercado unos pasos a la puerta del chigre, a la espera de que alguien vuelva a ponerlo en su sitio. Y ese hombre se marcha hacia las consabidas olas de 8 metros, de 10 metros, de 20, ese hombre que lleva un paraguas como de hormigón, con todas las varillas del mundo. Va embozado hasta los ojos.

Así andamos todos, entre corriendo y escondiendo el periódico del día bajo el abrigo, cerrando mucho los ojos. Luego, a volver a meterse en casa todo lo rápido posible.

Parece que amaina. Hora de correr a por leña, a por conservas, y al búnker. Lo que diga Piqueras.

POR ALEJANDRO CARANTOÑA

"¿Quién podría decir que no a una casa con chimenea?"

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