
Si no es viernes, y si no es de noche, por estas calles andan poco más que los imprescindibles. Puede ocurrir, siendo como es, ya, temporada de cruceros, que al bajar hacia la Plaza Mayor y el final de San Bernardo te corte el paso una riada de turistas –o de corredores, pero esa es otra historia–.
La semana pasada: llevaban la barbilla altísima y la mirada perdida entre las cornisas, con unos cuantos vasos de sidra colgando de los dedos.
Se asentían los unos a los otros, tan respetuosos como son a aquello del calzado cómodo. No hay mejor manera de distinguir a un guiri que buscando los playeros de correr, los vaqueros, el polo, la tez rosada y la gorra. Y la cámara, y souvenirs.
Cimadevilla parece gustarles mucho. Uno, que no siempre sale tan peinado como debería, puede asomarse del portal y, en lugar de la clásica calma o de una vecina malencarada (en el próximo capítulo), puede topar con esa turba rápida que ha desembarcado en El Musel y que se apresura para volver al refugio del camarote, que atraviesa la ciudad como una daga profiláctica y voraz.
Todo lo ven, todo lo retratan y luego lo digieren, a cientos de kilómetros de aquí. Y supongo que ahora, alguien, en algún lugar del mar, llevará en el regazo la crónica de un barrio –este– que ha cambiado muchísimo desde entonces, y al que quizás nunca vuelva. Quizás nunca se lo podamos explicar. Pero se lleva, de recuerdo, una cara sorprendida y un pelo alborotado colgando de la cámara.












