Miyazaki y toda su troupe
El dibujo es un homenaje hecho para una versión o viceversa, y para algún otro uso posiblemente. Y porque hay temas que sólo por tocarlos engrandecen al mensajero.
El dibujo es un homenaje hecho para una versión o viceversa, y para algún otro uso posiblemente. Y porque hay temas que sólo por tocarlos engrandecen al mensajero.
Las tres páginas mostradas a continuación aparecieron en su día en el inefable y pizpireto Ojodepez, en el mismo orden pertenecen a los números 62 “Supervillanos”, 63 “Deformidades” y 64 “Vergüenza”. No dejen de visitarlo amigos, no produce escozor, o lo produce del bueno.

Si todo sigue su curso más o menos en junio saldrá a la venta el interfecto, vendrá llenito de dibujos por las dos caras, tendrá bocadillos de sobra, onomatopeyas a raudales, diálogos a cascoporro y hasta líneas rectas hechas sin regla. Y cuatro sencillas historias de andar por casa. No se apuren, que en la fecha exacta de publicación les aviso otra vez.
Espero les guste.
Ayer me desperté en el desván y no lo noté igual, no era él sino otro que se le parecía en lo estructural pero me fallaba en el alma. Para empezar estaba reseco de necedad, me encontré con el desagüe sin el viejo gato con botas de peluche y las katiuskas que desde siempre lo obstruían a base de bien y sospeché de inmediato por donde perdía agua el receptáculo. No era todo. La mesilla de noche estaba atornillada al techo. Por ahí todo normal, pero faltaba el despertador que con tanto ahínco pegué en su día a base de contacto y porrazos. En su lugar asomaba burlona una muñeca de trapo que colgaba de las trenzas y enseñaba en concecuencia las vergüenzas al respetable con sólo levantar la vista. No era todo. Tres moscas tenían presa a una viuda bajo todo el peso de una silla Luis XVI perteneciente a la antigua casa de muñecas, la que por cierto tampoco era la misma. En la habitación principal un despertador con forma de rana perjudicada dormitaba en el otrora sitio de una preciosa muñeca de trapo con trenzas. Rumiaba yo aquellos sutiles cambios y hallé la solución dividida en dos hipótesis disparatadas: O bien yo mismo, hallándome dormido y sonámbulo además encontré el buen gusto decorador que echo en falta estando despierto; o bien alguien ajeno a mi persona, con un gorro desorbitante, orejas exageradas, nariz puntiaguda, ojos de sapo y con medio metro escaso de mala leche se me había colado a vivir, vete a saber desde cuándo, en mi nidito de humor. Tengo un trasgu en el desván pensé, tamaña desgracia. Imagínense a este ser que viene de la tradición asturiana a enredar, esconder cosas, cambiarlas de sitio o quedárselas sin más para perderlas sin remedio a través del agujero de su mano. Tienen buen corazón dicen algunos pero yo digo que habrá de todo, lo mismo el mío lo tiene y sólo lo hace de puro travieso. Peores cosas le han pasado al castillo y puestos a decir verdades, todos los desvanes tienen uno.
La animación de esta entrada corresponde a un concurso para la TPA que tuvimos a bien hacer hace algún tiempo ya y que se emite todas las tardes en esta cadena. Si seleccionáis las casillas podréis ver al trasgu del desván en acción, y quizás adivinéis a qué lugar pertenece la fantástica foto escondida, obra y gracia de David Busto (para más señas: Ennegativo).
Aunque no visiten este herrumbroso desván de pacotilla.
Para todos un rato para ser feliz, ya que estamos.


Y por último presentación y página eeeeehh tres de la tercera y poco autobiográfica historia, a pesar de tratarse de las peripecias de un dibujante moderadamente atractivo. Pero las coincidencias con mi vida acaban ahí más allá de las meramente logísticas informáticamente hablando, se lo aseguro. Y bueno, es posible, sólo posible, que mi pelea con el ser metódicamente ordenado que estoy seguro guardo en mi interior vaya camino de ser leyenda, y que por el momento y para largo la batalla se incline hacia el ser decididamente descuidado que estoy seguro aflora en mi exterior. Pero poco más. Y bueno, es probable, sólo probable, que yo también calce un 42 de los de ahora, un 41 de los de antes, pero eso, claro, sólo interesa a los fetichistas.
Ojodepez es además un reencuentro para mí con el mundo del cómic y su submundo, o sus inicios, una manera de pasarlo bien y seguir aprendiendo siempre. Es un esfuerzo encomiable y un logro de más de cincuenta y cuatro números y más de dos años, y lo que te rondaré morena. Es el cobijo ocasional de uno de mis personajes favoritos, Xixo, el central de toda esa peña de mini-personajes que se esconden, junto a otros muchos, bajo su oronda sombra.
Ojodepez, así, todo junto, es un caldo de cultivo de dibujantes estupendos y gente estupenda a la que frecuento poco hace demasiado y a la que hace mucho también le debía un rincón en el desván.
Es sobretodo y será un gran placer. Gracias tíos.
Pero Quattrocento también es por aquí y por ahora un proyecto de cómic de la editorial Dolmen en el que me veo envuelto para mi delicia y mi tormento (esto último tan sólo por falta de tempo). Consiste en sacar de un autor más o menos novel cuatro historias diferentes, un estilo y once páginas para cada una, cuatro miradas distintas del mismo observador. Una empresa personal y fascinante de la que iré dando cuenta por el desván de cuando en cuando. Para más información sobre todo el proyecto (antiguos y próximos autores, temáticas, etc), y sobre el mundo de Dolmen en particular y el cómic en general podéis visitar Desdemimundo, el blog de Jorge Iván Argiz, culpable directo además de que el ñoño que escribe luzca garabatos en la colección (y aquí la entrada en la que salgo yo, ¡viva!).
La primera historia en la que estoy tiene ya su rinconcito entre las bambalines del desván en forma de rana sobredimensionada (aquello de “Orcos sí, gracias”). La ilustración que encabeza la entrada son diseños de personajes y la que os dejo a continuación es la primera página del cuento. No cuento más por ahora, hasta la siguiente historia…