¿Es el drama la razón de ser de un personaje? ¿Lo necesito para existir? ¿Es la vida una ficción? Cuando él despierte, ¿todavía estaré allí?
Historia de unas canas
Archivado en (Microrrelatos) por Admin el 27-04-2011
Escrito por: Octavio Arias
Sabía que ahí donde arrancase una crecerían diez más y dejó de hacerlo. Si se pintaba el pelo, a los pocos días ellas asomaban su cuerpo desde las patillas y plagaban todo el coco, y si se lo cortaba, su blanca maleza crecía ahogando los negros tallos capilares. Al fin, convencido de su inutilidad, abandonó todo esfuerzo, como quien abandona una casa maldita.
Y ellas crecieron y crecieron en sobreabundancia, no sin problemas, conviviendo con seres sin alma como la seborrea, y tan promiscuos como la caspa. Y bajo la bendición resignada del antiguo dueño de aquel campo tan fértil, lograron extender su extenso manto sobre las poderosas ruinas de la juventud. Y ahí se quedaron años de años, hasta que, como todo ser vivo, tuvieron que fenecer y amarillearon y se despegaron de la tierra para caer desde aquella cumbre altísima. La nostalgia por dejarla pelada y en el puro pellejo orográfico se compensó con la solidaridad que les mostró aquel hombre o montaña, porque mientras ellas se deslizaban hasta la muerte, esta o este, en señal de condolencia, había dejado caer los párpados de su cima, los dientes de sus canteras, los músculos de sus laderas y el pene vigoroso de sus faldas.
Cuando el perro bueno hace de malo
Archivado en (Microrrelatos) por Admin el 27-04-2011
Escrito por: Anathema
Ella sirvió el plato frio sobre la mesa…
Arrugó la servilleta de papel, suspiró y miró, con el vacio en los parpados, al frente. Tragó saliva y dejó la mente en blanco. Pestañeó dos veces y dijo:
- Cariño… así no podemos seguir… Continuar con esta farsa es algo demencial.
No es sano para ninguno… Por favor … tratemos de olvidar …
Cierto que fue algo lindo… era un jardín de rosas pero se ha ido pudriendo…
No sé porqué… Perdona … debería saberlo … pero no lo sé.
Empecé viéndote como un estorbo… ahora te odio!!!.
¿Que será mañana?… ¿Te mataré?…
Por favor dejémoslo aquí.
Nunca soporté tus celos. Nunca soporté tus manías, ni tu ansía de posesión…. ni siquiera tu fisico… al menos ya no.
Estoy ansiosa de ser libre, de tener mi propio destino.
He decidido abandonarte mañana. Ya tengo la maleta hecha… Nada me va a detener.
Él rebañó el plato.
Bebió un sorbo de vino
En su mirada vivía la ignorancia al dolor y convivía con el despropósito.
Ella estremecida se levantó y le observó.
Tenía la esperanza de que esto fuera el principio de un dialogo y le dijo:
- !!! ¿Qué? … ¿No vas a decir nada? !!!
Él respondió con voz profunda y segura:
- Sí. Muy buena la comida.
Claudio tenía nueve años entonces. Trepó a lo alto del enorme muro, con la seguridad del absoluto protagonista. Desde lo alto de la tapia sus amigos parecían diminutos y miraban hacia arriba con la boca abierta. Tanta expectación provocó en Claudio una momentánea sensación de angustia, pero enseguida volvió a autoconvencerse de que su teoría no podía fallar. Desplegó los dos rectángulos de cartón que llevaba amarrados en la cintura y los ató fuertemente a lo largo de sus brazos a modo de alerones. En el momento del salto extendería sus alas de cartón y conseguiría aterrizar suave y majestuosamente. Claudio respiró hondo y saltó abriendo los brazos. Aterrizó sobre la espalda y su cabeza golpeó el asfalto con violencia. No pudo oir cómo sus amigos huían despavoridos, presas del pánico.
La recuperación fue muy lenta, tanto que Claudio perdió demasiados meses de colegio. Sus compañeros estaban ahora tres cursos por encima del suyo. Todo el mundo conocía su historia, una anécdota chistosa que corrió de boca en boca durante años por las calles del pueblo.
Claudio tenía 27 años cuando volvió a convocar a sus amigos en el mismo sitio, al pie de aquel enorme muro. Trepó de nuevo a lo más alto y se colocó sus enclenques alerones. La primera vez había fallado, pero no volvería a pasar. Ahora les demostraría que su teoría era indiscutible y que, a pesar de lo que la gente creía, aquel golpe en la cabeza no le había causado ninguna secuela.
La intriga me invadió en cuanto abrí mis fatigados ojos. No reconocía aquel sigiloso lugar en el que me había quedado traspuesto, pero he de reconocer que aquel sillón era tan confortable como poco familiar.
Muy cerca de mí escuché unos sollozos. Cuando me levanté para acudir a ellos me sentí más liviano de lo habitual. Aquellos plañidos provenían de mi mujer, que se abrazaba desconsoladamente a nuestro hijo. Se estremeció cuando le acaricié la espalda, pero la aflicción le impidió contestar a mi pregunta de qué sucedía.
Seguí caminando por aquel desconocido espacio con la intención de lograr discernir dónde me hallaba. Enorme fue mi sorpresa cuando, entre la muchedumbre, distinguí a mi hermana. Raudo me acerqué a ella con una sonrisa que se desvaneció por completo al alcanzarla. Ella también lloraba. Me lloraba a mí, que yacía sin vida en aquel ataúd.
Allí estaba yo, petrificado ante la oscuridad de aquellas minas, orientándome con la cuestionable ayuda de viciados olores. Mis ojos estaban fatigados. Llevaban varios días esforzándose por hallar algo de claridad ante la más absoluta lobreguez.
Una vez más en la boca del lobo. Preferiría seguir enfrentándome a gigantes de piedra, como hiciera la semana pasada. Al menos los rayos del sol azotarían mi tenue rostro. Anhelo echar una mano al viejo en su obstinada y desalentadora lucha contra el mar. Así la brisa marina refrescaría mis pulmones, mientras bailábamos al son de las olas.
Pero no, en su lugar, negrura y repulsión. Y de repente, tambores, tambores en los abismos. Se habían percatado de nuestra presencia. Me dispuse a desenvainar mi espada cuando, inesperadamente, alguien me acechó por la espalda:
- Perdona, pero estamos cerrando ya.
Mañana será otro día de aventuras en la biblioteca.
Me gustaría decir que mi mejor beso tuvo la pasión de la rebeldía, o la delicadeza de una pompa de jabón. Quisiera decir que estuvo encarnado por la vehemencia de un idealista, o el desenfreno de dos inconscientes. Que nuestros labios ardían como un volcán en erupción, o que mi corazón palpitaba con la violencia de un seísmo. Me gustaría decir que mi mejor beso fue tan repentino como pretendido, tan esperado como inverosímil. Que tuvo la suavidad de la seda y la fiereza de la ambición. El romanticismo de la Luna y el frenesí del Sol. Me gustaría decir que se paró el tiempo y se calló el viento. Que la lluvia hizo acto de presencia para engalanar una estampa perfecta. Que mis ojos preguntaron y tus labios respondieron. Quisiera poder decir todo eso, pero el mejor beso de mi vida es el que todavía no he dado. El que tiene mi corazón perforado. El que no me deja dormir pero me hace soñar despierto. Es el beso que me guardo para ti.
Carecía de sentimientos. Su lugar estaba fuera del mundo del alma. Nunca había sido querido. Su madre se había olvidado de él, antes de nacer. Su padre ni tan siquiera existía. Sus hermanos fueron un gran dolor. Era un ser sin espíritu. Era un ser casi no humano.
Paseaba por la calle San Bernardo, el viento entre las casas, enredaba el frio del mar. El Cantábrico en enero es maldito y a su lado, dolía el cuerpo de quien se acercaba a la playa. Tras la primera manzana la vio. Su sonrisa representa un dulce enero, alejado del tortuoso mar. Se acercó a ella y le leyó un cuento de quererse aislar y abandonar del mundo, de no ser, de ser casi no humano.
Ella volvió a sonreír y le acarició. Nunca había sido querido. Nunca fue acariciado con aquella ternura. El suave paso de la mano por su rostro le dejó una luz interna en su tez. Aquel aroma bendecía cada una de sus arrugas. Cada comisura resaltaba y se hacía feliz.
Fueron a su casa, se entremezclaron sus manos. Aquellas querían decir: “te adoro”, las otras dijeron: “soy todo de ti”. Se abrazaron en la justa intimidad. Sus brazos no podían mejor apretarse. Sus ojos resplandecían. Sus cuerpos se cruzaban. Sus intimidades se reacercaban más y más. Eran casi uno, aun siendo dos. Los labios de él pudieron conocer el gran beso del amante y su dios nación en él. En su alma. En aquel maldito lugar tan escondido y tan aislado. Allí en aquel sexo duro, aquel hombre fue humano, porque fue sentido, porque amó y fue amado.
Me acercaba sopesadamente ante el zafu que se encontraba en la gris esquina de la habitación. Me senté firme. El asiento respondió orgulloso al acto. Mi columna se elevaba vertical sobre el sustento.
Mi mente no quería marchar y empecé a respirar de nuevo. Por primera vez entró un primer aire atman. Mi boca sangraba por la herida de la nueva inspiración. Mi garganta empezó a asumir este reciente encuentro. Ahora mi mente se alejaba de mí y aparecía tímidamente mi alama, también escondida en la gris esquina de mi ser.
La primera respiración llegaba al inicio de los pulmones. Los bronquios ya sabían lo dulce que es inspirar este nuevo aire y soñaban con respira y respirar este suave encuentro con el aire de la vida. Todo mi cuerpo se hizo pulmón y sintió como me entraba algo más de voluntad por vivir. Mi mente ya no estaba, se encontraba detrás del espejo del alma, agazapado y entristecido esperaba poder volver a dominar mi vida.
Pasaron varias respiraciones. El tiempo del cuerpo se atempero. Pasaba por el mundo, pero caso no pasaba por mí. La transcendencia se iba iluminando. Ahora yo ya no sé quién era. Mi yo era mi comunidad, era la Tierra, incluso era casi Dios.
Nuestro ritmo tiene siempre un fin. La meditación del alma fue pasando y de repente estaba pensando…
Camila se levanta cada mañana. En su cuarto hay una ventana, desde la que ve su SOL, cuando amanece.
Camila todos los días quiere ver a su SOL, porque siempre que tiene SOL, puede ir a jugar con sus amigos al parque.
Hoy no hace SOL y Camila llora. Su mamá se acerca a ella y le pregunta: “¿Qué te pasa Camila, por qué lloras?”
Mami, no hay SOL. Me levanto por la mañana, cuando me despierto, abro mis pequeños ojos y lo primero que pienso, “¿dónde estará mi SOL? Hoy no puedo jugar porque no está mi SOL”
El SOL ya no está. El SOL se fue. “¿Quizás no vuelva?”, se pregunta Camila.
La madre abrazó a la pequeñita y la cogió de su mano y le apretó todo lo más que su amor podía y dulcemente le dijo: “Tu SOL nace cada mañana. Todos los días tienes SOL. Alguna vez, unas nubes negras te lo tapan. Pero tu SOL está ahí, detrás de las nubes. Iluminando entre ellas”
“Si quieres ver tu SOL, no tienes más que esperar a que vuelva. Mañana estará saludándote, haciéndote reír nuevamente, porque nunca nada ni nadie se marcha, todo está aquí, todo permanece entre nosotros”


