Recogido, por elección, en pocos versos (como autor apenas había publicado “Las delgadas paredes del sueño” –Premio de Poesía Carlos Pellicer en 1987-), el editor y traductor Marcelo Uribe (México, 1953) ha ido rescatando de la devastación del tiempo algunas imágenes, como retratos, desde las que interpela al lector para que reflexione sobre su inevitable finitud: “Cuando salgas, sólo tú llevarás/ el sonido, la sombra,/ el gemido, el dolor/ de lo que aquí pasó/ para cumplir tu tarea/ -único testigo-/ de olvidarlo todo/ hasta que tampoco quede nada”.

Así; contenido para no llegar a ser doliente, y con la justa lección de pesimismo que otorga el conocimiento de quien ha vivido observando, Uribe llega a las librerías gracias a la Editorial Pre-Textos con el poemario “Última función”; una colección de poemas agrupados en tres partes (“Guía de sala”, “La sombra roja” y “El silencio del horizonte”), desde los que va proponiendo un bautismo verbal de cada instante, e incidiendo en en el dibujo de su plasticidad con el fin de inmortalizarlo, a sabiendas de la destrucción futura que sucederá de inmediato.

LA ARENA QUE FLUYE

Cuando tus ojos escapen

en un polvo ligero,

déjame volver,

lamer tus párpados,

rehacer tu sal.

Cuando se desgranen tus palmas

en la arena que fluye, vuelve

para que yo desaparezca

con tu muerte en mis labios.

DESPLAZAMIENTOS

Vas de una sonrisa a otra

por la ciudad, caminas

y pasas de un rostro a otro,

de un cuerpo a otro,

inalcanzable siempre,

dolorosamente aquí.

Giras de una transparencia a otra

en el viento

que nos va dejando

de acariciar.

ETERNO RETORNO

Vuelvo hacia ese punto inmóvil

donde siempre te estaré

escuchando por primera vez.

VESTIGIO

Camino para perderme,

para no encontrar nada

porque no quiero cruzar mis ojos

con otros ojos ni saber si sigues

en estas calles y mañana

te encontraré. Ciudad sin luz,

crecimos como animales nocturnos

merodeando a oscuras y a tientas,

cuando nada era cierto.

Calles que transitan sin cesar

bajo mis pasos, anchos bulevares,

parques, callejones confundidos.

Camino para no estar ni dejar rastro,

camino sin seguir tu pista de ausencia,

orientado sin rumbo por tu silencio.

EL ESCULTOR Y SU MODELO

Nada de lo que miras conserva su perfil,

en todo dejas el vestigio caduco de tu paso.

Y si permaneces es por tu don de fuego

que siempre late,

porque no existes en el aire que te moldea

ni en tu escritura sobre el agua

que enjuga la ceniza de un sueño.

Sólo te alcanzo, sólo te toco, sólo te acaricio

en tu inmaculado arte de desaparecer.

IV

La casa está abierta,

la casa está cerrada,

a la casa le faltan muros,

pedazos de muros,

le falta espacio,

pedazos de espacio,

le falta tiempo,

tiempo de construcción.

Es tan sólo una forma fugaz

de la ruina.

La casa necesita que la pinten.

La casa tiene que estar en la pared,

proyectada en la pared,

colgada de un muro

en la tela de las cortinas.

La casa vive en la ventana

que es su negación.

La ventana es donde no está la casa.

En la ventana está lo que no es la casa.

No hay casa si no hay ventanas.

ESPEJISMO

(La música es una constelación
de brillos en el vacío,
un silencio profundo, desordenado
de un modo frágil.
En la música palpita
su desaparición espejeante.
El silencio persigue la música
con su rumor de recuerdos.
Todo el silencio intacto
está en la música).