“Mientras el José Donoso de la novela ocultaba o transmitía imágenes deliberadamente borrosas, el de los poemas, en cambio, como se hace y se dice en el arte de la fotografía, revelaba. Ocultar era trabajoso; enfocar y revelar era un alivio, un respiro.” Así presenta Jorge Edwards la único libro de poesía firmado por José Donoso (Santiago de Chile, 1924 - 1996), titulado autocrítica y prudentemente como “Poemas de un novelista”, y que ahora rescata la editorial Bartleby Editores en la primera edición de este volumen que se publica en España.

Representante del llamado “boum” latinoamericano y, además de prestigioso narrador, considerado como uno de los más importantes teóricos de la nueva novela hispanoamericana, el autor de obras como “El obsceno pájaro de la noche”, “Tres novelitas burguesas” o “El jardín de al lado”, decidió ir guardando en un cajón los versos que después recogería en este poemario, de modo que su mano, “con frecuencia impotente para enfrentar las monstruosas exigencias de la prosa” pudiese refugiarse en ellos. Una posibilidad que ahora también tiene al alcance la inquietud del lector.

2

Sorpresa encontrarte aquí,

aunque yo te he traído.

Entramos por nuestro arco de piedra:

lo cerramos porque tú y yo lo decidimos.

Ahondo en la casa como si fuera

la cavidad bajo tu brazo.

Tenues hebras unen

nuestros sueños específicos.

¿Estamos completos?

Sí, recuento:

hija, cuadros, perros, y la música

que determina nuestros límites.

Esto que nos guarece en la frazada.

El refugio paternal de tantos libros.

Nuestro sueño devora

la vigilia reversible que somos tú y yo,

diez dedos en una mano,

vaso único para el vino tinto.

El pueblo de pidras tensas: el campo

lo sostiene alto en su palma

de olivares benignos.

Igual, alto, tendidos,

oteamos desde el sueño

el mutuo acertijo de nuestros placeres distintos:

intermitencia de caldo y papeles,

errar por los ecos de la casa vieja,

momentos de soledad o abrazo,

el desgarro del miedo simple

al simple frío.

Saberte, en suma,

la madeja de mi vida.

Nos incorporamos a esta bendita monotonía:

leña, candiles,

página abierta junto a la hoguera encendida,

tu gran pelo revuelto negreando sobre la almohada,

las tentativas de tus pobres manos pueriles.

Júrame que jamás habrá más que inviernos.

Hay momentos en que creo

que hasta las estaciones te lo obedecen

y por eso te lo pido.

Dentro de esta arcaica organización

de piedras, piezas y pasillos,

el mundo de la tibieza se reduce

a cierto sector de tu cuello,

a mi puño apretado,

a una frase divertida.

Es preciso eliminar espacio.

Vamos clausurando puertas,

pasadizos inútiles,

patios, escaleras y rendijas.

Dejamos sólo dos o tres movimientos necesarios,

uno o dos lugares,

ciertos signos inscritos de noche

en la repetida cal de la habitación

donde dormimos.

Otro cajón que cerrar.

Otra ventana prescindible.

En el paisaje de nuestra cama,

abrazados y minúsculos:

asombrados de habitar esta llanura,

de dormir entre tanta piedra

sorda a otra historia que la suya.

El espacio no propicia el diálogo.

Para convenir que tú me trajiste a mí y yo a ti

condenamos inmensidades,

tapiamos horizontes crueles y perspectivas.

4

Ver morir las cosas.

Borrarse las facciones prestigiosas

de la piedra y del agua.

El pájaro lanza su cinta al aire

y se inmola en la distancia,

o repetido en otro pájaro.

Innumerables,

las campanas imitan otros años;

con su insistencia

en el abecedario del placer y del afecto:

ante la opulencia cancerosa con que crece al día

soy lo que no hice, lo que no hago, lo que no haré.

La gente viaja, me cuentan.

O se queda, cuando se halla

entregada a cosas exultantes,

aquí imposibles.

El instante todo lo corta.

Quedo suspendido, silencio, nada

-cuando la piedra se borra,

cuando se pierde el vuelo-

y mi tiempo se elmina,

suplantable, reproducible,

ante el espejo que devora

la arrogancia del instante único.