Vermú santo
Archivado en (Comida, En Zaragoza) por remartini el 05-04-2011
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Después de hacer la primera comunión, los curas les dijeron a mis padres que debÃan llevarme a misa una vez a la semana, preferentemente en domingo.
Mis padres creÃan lo justo.
Pero mi madre decidió que habÃa que cumplir. Y muy seria, como es ella cuando quiere asustar, encargó a mi padre llevarme, cada mañana dominical, a escuchar la Palabra y a comer el Pan.
Y asÃ, siendo un crÃo, mi padre, alma baturra donde las haya, empezó a llevarme de vermú.
SalÃamos endomingados los dos, yo apenas alcanzando sus rodillas (flacas rodillas de cabra), y de la mano nos dirigÃamos hasta una de las grandes avenidas de Zaragoza, ciudad amplia para que el viento campe a sus anchas, ay maña. En esa larga calle cuyo nombre no viene a cuento, y aproximadamente hacia mitad del paseo, asomaba un garaje en cuya entrada, de forma inexplicable y sorprendente, se ofrecÃa un bar.
Cutre y oscuro.
Un bar marinero. En plena capital de los Monegros.
Un bar con una enorme red en el techo donde, colgando malamente, se sostenÃan, en agujereada entraña, anclas de mentira, langostas de corcho y mejillones descomunales como el bostezo de una chacha.
Aquel bar no olÃa a mar: olÃa a sudor a la plancha.
Mi padre era saludado como el Marqués de la Bocachancla. Y él, a su vez, hombre de corazón bruto e inabarcable, hombre claro y divertido, perspicaz pero sin don alguno de la oportunidad, mi papá, vaya, empezaba a decir chorradas hasta que no quedaba nadie por reÃr de verdad, tal era su afán, tales su desnudas ganas de disfrutar.

PedÃa de todo, entre cañas y cañas, una Fanta para el chaval, y me explicaba punto por punto, bicho por bicho, ración por ración, qué era aquéllo, cómo lo debÃa tragar, y por qué me tenÃa que emocionar.
Y yo comÃa, tragaba lo que escuchaba, y le admiraba: mi padre era el patrón de aquella extraña cofradÃa sin mar.
SalÃa mareado y con la boca abordada por mil sabores; hinchado de humo y de cigarros, de tirones de mofletes; con las orejas reventadas por un cachondeo brumoso que no entendÃa, pero que intuÃa quizás, enano pero espabilado, a imagen y semejanza.
Porque también yo me despedÃa desde abajo, riéndome solo, como un gañán, cual inestable grumete en cubierta, olvidado y feliz en plena fiesta, agarrado de una mano al moscatel, y de la otra, a la pata de palo familiar.

CumplÃamos media hora exacta en aquel bar.
Pasado ese tiempo, mi padre pagaba, recogÃa deprisa, despachaba abrazos y palmadas en los brazos, apretones de cuello, y hasta algún beso, y salÃamos escopeteados hacia la iglesia donde se suponÃa que tenÃamos que estar; sentados, arrodillados o a quien fuera rogando. Ayunando. Suspirando por una oblea de amor y de paz.
Y allÃ, a la entrada, a las puertas del cielo, a contracorriente de los abrigos de pieles que salÃan en tropel, mangábamos, del último banco, uno de los folletos con las canciones y las lecturas del dÃa. De ese dÃa maño y soleado en que habÃamos decidido pecar, dentro de aquel sucio y divertido bar.
Y subÃamos a casa silbando, blandiendo el dÃptico robado, disimulando, cruzándonos amplias miradas ahogadas, mientras mi madre hacÃa que no se enteraba.
Porque ahora sé que le daba igual.
…
Anda que no son listas ni ná.






Ufffff, cacho cabro….s y nosotras jugando a las Nancys.
Me ha encantado
Lo de Irene es envidia puñetera y lo nuestro machismo puro.
Me encanta que el conducirte fuera del “camino”, no te dejase marca, claro que luego lo apañe llevandote a estudiar a los jesuitas.
Me ha encantado el relato. No sé si será verdad pero me ha hecho reÃr (sonreÃr, para ser más exacta)
Claro…y yo ni a misa, ni de vermú, y ni saben si he pasado la varicela…je,je. Precioso, me ha emocionado.
Muchos besicos maño.