Tetonic

Archivado en (Beber, Comida, En Santander, Restaurantes) por remartini el 03-02-2012

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Vuelve la burra al trigo, lo sé. Pero es que esto debo registrarlo.

Amaneció nevando despacio, cayendo lo copos como caen las hoja de otoño en los anuncios de perfumes melancólicos, en vaivén, acunados por un viento que al abrir la ventana resultó ser mucho más furioso, como los anuncios de ese desodorante masculino con el que te garantizan follar. Mucho menos poético, el viento.

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Me duché a toda leche. O sea que más que quitarme el pijama, me desembaracé de él. La piel de gallina de inmediato, el cuerpo arqueado, ese primer contacto gélido de los dedos del pie derecho al tocar el suelo de la bañera, ayayayay, abres el grifo de un plumazo abrazándote a ti mismo con el otro brazo y tiritando y ahogando grititos como un pequeño mamífero asustado, como un ratón grande erizado de frío, y aguardas cual estatua durante dos segundos inmensos mirando el agua correr, procurando que no te salpique, hasta que la notas arder, hasta que humea. Entonces empiezas a rociarte lento, con prudencia, de los pies a la cabeza, y al llegar arriba toda tu piel chincheteada se relaja como una alfombra sacudida por la ventana. Los músculos recuerdan su manera de funcionar, el sexo te reaparece, y de golpe todo tú vuelves a ser un órgano completo, caliente; sintiéndote perdonado en todos tus pecados, sintiéndote como dios.

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Salí de casa casitarde (un estadio temporal en el que ha querido instalarme el destino) y me dirigí a la presentación de un estudio inmobiliario sobre la situación actual de la venta de pisos que bla bla bla. Pasé por el periódico, hice lo que tenía que hacer, y por supuesto hablé del tiempo, del invierno, de las ganas colectivas que tenemos de que el clima vuelva los días extraordinarios.

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Se me hizo la hora de comer.

Álvaro me mandó un mensaje: “Vente a comer al Fuente Dé. Te va a gustar el sitio”.

Salí, conduje cantando un par de canciones de la radio, aparqué, caminé mirándome el vaho, forzándolo, llegué al chigre, me presenté al resto de comensales y, con una amable copa de vino ya en la mano, eché un vistazo alrededor.

Ese primer vistazo.

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Solo anotaré un dato: del techo de la barra de esta tasca familiar y centenaria cuelga un jamón que debe contar mil años, cubierto de polvo con la solemnidad guarra que tienen las botellas de vino convertidas en pared, y consumido de cualquier líquido, reducido como cabeza de jíbaro hasta parecer la pata de un minicerdo. Es negrísima. Chulísima. Y cuando pasas un rato mirándola, le intuyes vida.

Esa pata habla sola cuando el dueño echa la persiana. Esa pata es un mundo, con órbita propia.

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En Fuente Dé sirven cocidos en días alternos: tres días el lebaniego, tres el montañés.  De postre, queso azul de Tresviso y un chupito casero de orujo de miel. Salvaje. Al acabar, y en agradecimiento entusiasta de cliente novel, me dirigí a la barra y me puse a saltar intentando besar al jamón.

Después del café me despedí, salí, caminé oliéndome el vaho, conduje insultando a un par de tertulianos de la radio, aparqué, caminé forzando el paso, llegué al trabajo, me presenté ante mis jefes y, con un regusto interno alegrándome el cuerpo, eché la tarde calculando datos, preguntando por teléfono y finalmente escribiendo.

Se me hizo la hora de cenar.

Álvaro me mandó un mensaje. Era la imagen de una caña.

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Salí, ni encendí la radio, aparqué por sonido, corrí al bar, etcétera, y a la hora estaba cenando con un montón de gente recién conocida, asómbrándome de mi vida social.

Algunos repetían del mediodía. Uno me contó que, tras irme yo, habían trasladado la sobremesa vespertina a un pub de moda.

-Tienes que ir y probar el tetonic. No veas qué bueno está-, me inquirió.

Le miré abiertamente a la cara, para comprobar que había entendido la coña. Yo conocía el bar, y también la…, eehmm…, la apariencia de una de sus camareras.

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Pero su cara no concedió ni una mínima mueca que sugiriera broma.

-Tienes que ir y probarlo-, insistió. Y como la cosa se lió, acabamos, en efecto, yendo.

Estaba la antedicha camarera que, para entendernos rápidamente, se corresponde con ese modelo de chiquilla de la que podrías decir que quizá, en tu opinión, abusa algo de escote, pero, qué coño, si lo que hace es exhibir las domingas con orgullo fenomenológico de circo, dos carretas, dos autocaravanas, dos tetas apechugadas entre sí y hacia arriba, capaces de cascar nueces, fijo. Intenté no desviarme de mi elegancia natural, mirarle a la cara conforme me aproximaba a la barra, vaya, pero llevaba antifaz; esto es, un emplasto de lápiz y rímel y hasta carbón para subrayar la mirada a modo de kohl, pero que, en mi modesta opinión, más parecía un manchurrón de deshollinador. Ese detalle, mira tú, me desanimó.

Opté por obviarla.

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Le solicité la consumición a otro camarero, y dándole el primer sorbo, miré a  mis compañeros, que se abalanzaban sobre aquélla pidiendo todos tetonics como posesos.

Yo, insisto, no daba crédito.

Hasta que alguien puso en mis manos un folleto donde explicaban esto.

Lo sé, soy un cerdo.

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¿Quién escribe el blog?
David Remartínez
, 40 años, periodista
El Comercio Digital
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