Los alumnos embarcados en el Creoula reciben a bordo lecciones de Geografía e Historia
La Universidad del Mar revela el origen común de Madeira, Canarias, Azores y Cabo Verde

Fotografía :: Riki Andrés
El mundo es extraño cuando se mira con ojos de historiador. Lo demuestra estos días la Universidad Itinerante de la Mar (UIM), aventura que reúne a profesores y alumnos en un barco-escuela portugués. Después de tres días de navegación, la expedición ha entrado en aguas macaronesicas a golpe de viento, faena a bordo y lecciones en las que se escuchan frases como punzadas.
Así, «las Canarias no recibieron esclavos negros porque su clima poco lluvioso impedía el cultivo de la caña para el que se les reclutaba; por eso los colonos los enviaban desde África directamente hasta el Caribe», sugiere el catedrático Fermín Rodríguez. «Portugal no conquistó Galicia porque el Papa lo impidió; el Santo Padre era amigo de los españoles y, debido a ello, a los monarcas lusos sólo les daba permiso a expandirse hacia el sur, contra los moros», abunda Manuel Teves. Y el lugre Creoula en cuya cubierta se celebran estas conferencias de alta mar luce pinturas blancas en el casco como recuerdo de la Segunda Guerra Mundial. «Portugal era entonces un país neutral y para señalar a sus navíos los hacía blancos», expone Tomás Cortizo.
Los ecos de la guerra y los Imperios estaban así, ocultos bajo tierras que se cubren hoy de turismo. Pasa en todos los territorios macaronésicos: Madeira, Canarias, Azores y Cabo Verde, islas todas que nacen de una tensión oculta: la de las placas tectónicas que abren la dorsal atlántica. «Según algunos estudios, en Las Palmas de Gran Canaria hay un centro sismológico que si estalla podría provocar un tsunami que llegaría hasta las costas de Estados Unidos», refiere Fermín Rodríguez. Hay más elementos comunes en estas islas, las tierras más occidentales de Europa: todas ocupan posiciones geoestratégicas para las rutas a África o América, todas sufren ahora problemas para abastecerse de energía, o agua, o conexiones. Y pese a esas carencias, reciben a más visitantes que habitantes hay censados.
El primer caso que estudia la UIM es el de Porto Santo. El lugre echó el ancla a media milla náutica de esta isla del archipiélago madeirense. Su perfil encrespado quedó así fijado a babor, como en una pizarra lista para el análisis. Marineros de la guarnición lusa y profesores se afanaron para dar una lección de ‘derroteros’: aprender a dibujar las formas de la costa, identificando sus puntos más significados, sus volúmenes. Jóvenes que se forman en Geografía, Derecho, Filología saben desde entonces marcar los límites de la tierra.
Pero no sólo de palabras puede vive una tripulación en la veintena. Tras dejar el lugre a punto, la UIM regresó a tierra por unas horas, las justas para comprobar la arena de una playa extraña, compuesta de «granos blancos, no comunes a estas islas volcánicas y cuyo origen no está del todo claro, quizás la traiga el viento desde África», apunta el profesor Rui Silva. Sea como fuere, después de tres días de sacudidas en el mar, poner el pie en tierra firme inunda a los grumetes de una zozobra inesperada. «Es como si echara de menos el balanceo del velero, como si este suelo tranquilo ya no fuera el mío», explica uno. «Eso va a ser cosa de la plasticidad de nuestras neuronas, que se adaptan a una situación y la fijan», resuelve a su lado Agustín, alumno de Medicina en Oviedo.
Está por ver si las lecciones de la UIM quedarán también así, grabadas en unos grumetes que ayer, desde la isla, observaban al Creoula con otros ojos, pupilas mezcladas ya de historia, de horas de guardia y fraternidad. Anoche el lugre levó anclas en busca de su próxima objetivo: Portimao, la capital de la isla de Madeira. Sonaba Bruce Springsteen en la cocina.
Fuente: El Comercio Digital
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