El comandante inculca a los jóvenes de la Universidad de la Mar cómo el orden y el equipo pueden vencer cualquier crisis.

Fotografía :: Riki Andrés
Estás en un navío, como tutor de un grupo de adolescentes. Respondes de lo que les pase y de repente, cuando más tranquilo va el día, oyes un grito y los marineros empiezan a correr por todas partes: «Homem ao mar!». Horas más tarde, ya recuperado el aliento, nueva la alerta: «¡Fogo na biblioteca!». Alaridos que obligan a dejar la sopa, la cama o la ducha y salir a cubierta. El lugre Creoula descansa desde el domingo en Portimao (Portugal) tras una travesía de sorpresas. En los tres días de navegación desde Madeira, se anotaron un fuego en las máquinas, otro en la biblioteca, y cuatro hombres al agua. Todos fueron ficticios, tramados por el comandante Nuno María d’ Orey Roquette y sus oficiales para poner a prueba los reflejos del personal. No hubo más daños que los chichones en quienes sesteaban cuando sonó la alarma. Así, a golpe de susto, se afina también esta maquinaria humana. Si alguien cae al agua, «el que lo ve tiene que gritar y quedarse quieto, apuntando hacia el lugar donde está el náufrago para no perder la referencia; el del puente ha de parar la máquina, activar las alertas y mandar un mensaje a los barcos de la zona», desgrana el sargento Sánchez. «El médico tiene que prepararse; el comandante, ponerse al frente de la operación, y los marineros y cabos de maniobras disponer la lancha semirígida para buscar a la víctima». Los 39 integrantes de la Universidad Itinerante de la Mar (UIM) también tienen su misión: no estorbar y formar juntos para ver si el desaparecido es suyo. Las crisis se acomodan así al reglamento de la marina que todo lo rige. En la mesa del comandante, nadie coge una cuchara hasta que el comandante no lo hace. Tampoco se habla, hasta que lo haga él. El mismo océano cae en los códigos. Lo sabe el gijonés Alejandro Saralegui, que hizo de ’sombra’ a los oficiales del puente de mando. Cada hora, anota las condiciones de la mar y la navegación. La última vez podría haber puesto que el velero avanzaba bien y que la noche estaba tranquila. Sin embargo, escribió: «Nuestra posición es 34º 49.944′ N y 12º 35.329 W, la dirección que seguimos es 52,1º, con una velocidad de siete nudos. El viento nos golpea con fuerza de cinco nudos a 310º de bauprés. El punto en el que nos encontramos tiene la plataforma marina a 2.504 metros de profundidad, hacia el nordeste el banco de coral Patch y a babor estamos dejando atrás el banco Ampére, que tiene una montaña submarina cuyo pico queda a 56 metros bajo la superficie. El radar identifica en nuestra zona al buque Maran Pythia (que va a Nigeria) y el carguero Sophie Bolter (con rumbo a Casablanca). Las nubes son bajas, de la categoría estratocómulos».
Mentiras de la navegación
La descripción parece exacta, pero el ingeniero Ricardo Martins matiza: «La navegación es una gran mentira; ningún aparato te da los datos precisos, así que tienes que mirarlos a todos conociendo las desviaciones que arrastra cada uno; pero, sobre todo, tienes que pulir tu instinto y observar lo que te dicen el océano». Nadie puede indicar a ciencia cierta dónde está el Norte. La guía (brújula) magnética recibe influencias que confunden su aguja y la electrónica tampoco es del todo precisa. «Al final, si lo que me dicen las máquinas entra en contradicción con lo que veo en las aguas, no tengo duda: me fío de mis ojos». A veces resulta difícil. Por las noches, por ejemplo. El velero avanza en una oscuridad completa, pero en la proa el agua se llena de puntos fosforescentes. «Son microalgas», desvela el profesor Rui Silva, profesor de la Universidad del Algarve y tutor de la UIM. «Se llaman noctiluca ‘Luminescens dimoflagelado’ y son muy comunes en el Atlántico y el Mediterráneo». La noche es también el momento en el que el Creoula aprovecha para navegar por el pasado. El comandante dirige la operación: en mitad del Atlántico y con la vela de contratrinquete como pantalla, proyecta un documental sobre la época en la que se ensambló el velero. Fue en 1937, cuando Portugal «se cansó de importar bacalao de Gran Bretaña y construyó sus propios bacaladeros, que estaban seis meses pescando en Terranova», rememora. Aquella gente no podía volver hasta llenar las bodegas de pescado. Un día malo era un día más lejos de casa. Y con esa presión se la jugaban a solas: cada marino tenía un pequeño dori (un bote de dos metros de largo) y en él pasaba todo el día echando anzuelos. Buscando así el camino de vuelta a casa, a sus mujeres, a los hijos que nacían y crecían lejos.
De pescadores a criadores
El oficio ha cambiado mucho desde entonces y que lo hará más aún. «Los caladeros se están agotando y la única solución es que los pescadores se conviertan en criadores», adelanta Silva. Es experto en acuicultura en un país, Portugal, donde, gracias a fondos europeos, Pescanova ha puesto en marcha una piscifactoría capaz de producir 700.000 toneladas de pescado al año, «algo que supera todas las capturas de nuestra flota». El mañana que dibuja tiene a los hombres de mar «yendo con sus embarcaciones a alimentar a peces que se cultivan metidos en jaulas, algunas incluso a la deriva». Quizás acierte y quizás las cosas cambien, aparentemente. Sin embargo hay otra forma de leer sus palabras y la imagen de aquellos hombres que desde el Creoula libraban una batalla a muerte contra el mar. Esa gente sobrevivió a base de coraje, disciplina y camaradería. Forjaron un código que hoy los marineros tratan de contagiar a los alumnos de la UIM.
Fuente: El Comercio Digital
¿Te ha gustado el post? Compártelo en las redes sociales: