La misma tierra, con otros pies

Archivado en (El lugre Creoula, Universidad Itinerante de la Mar (UIM))por Admin on 06-08-2010

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No somos los mismos. Ahora tenemos el corazón llenos de perlas. Estas son sólo algunas:

  • “El viaje me ha descubierto una sensación de libertad y ganas de aventura que ahora está en mi mano que no quede en un espejismo. Me ha gustado encontrar estas cosas en mí, y debo luchar por conservarlas”. Agustín Querejeta. Va para médico, pero tiene la cabeza llena de libros y energía.
  • “¡Ya tengo una respuesta al dilema! ¿Te acuerdas de aquello que te conté? ¿Que en el navío, en medio del Atlántico, hay una contradicción porque por un lado ves la libertad absoluta de un mar inmenso, pero por otra parte estás embutido en un barco pequeño, aprisionado en él? Pues le he dado vueltas unos días y creo que me gusta el mar porque aquí, al menos, los límites que te atan los has elegido tú, mientras que en tierra, parece que no tienes una marea que te determine, pero al final hay un montón de corrientes, decisiones de otros y circunstancias que te mueven el rumbo sin darte cuenta”. Isabelle Gutton, que lee el mundo con ojos de novela.
  • “Me gusta cuando friego los platos del toda la guarnición, porque mientras lo hago, me doy cuenta de que soy útil, que tengo un papel para que las cosas vayan bien, un sitio dentro del grupo”. Inés Maruri
  • Medianoche, en cubierta. El cielo muestra todas las estrellas. Los mástiles parecen extenderse para tocarlas. El lugre va a doblar el cabo de San Vicente. Suena Dire Strites por los altavoces. “Un trabajo que te permite estos momentos no debe ser tan malo”, pienso. “Es cierto, pero lo mejor es cuando el navío pasa por debajo del puente del 25 de abril, a la entrada de Lisboa. En ese momento tienes la sensación de misión cumplida”, respondió el comandante. Esta mañana, bajo ese puente, tres hombres a bordo del Creoula evitaron mirarse a la cara. Lloraban como niños.

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Lágrimas de sal

Archivado en (El lugre Creoula, Universidad Itinerante de la Mar (UIM))por Admin on 06-08-2010

La Universidad Itinerante del Mar pone fin a dos semanas de lecciones, emociones y navegación por el Atlántico

despedidaHoy, a lo largo del día, irán desfilando un curioso puñado de jóvenes de regreso a sus casas en Avilés, Gijón, Oviedo y Pola de Lena. Son la última promoción de la Universidad Itinerante de la Mar (UIM) y se les distingue por las pesadas mochilas con las que han pasado dos semanas navegando por el Atlántico, desde Lisboa a Porto Santo, luego Funchal, Portimao y de nuevo la capital lusa. En total, 1.290 millas náuticas, 176 horas y 26 minutos de navegación, y una sensación contradictoria en el equipaje.

«Es el sentimiento de llegada, donde combaten la tristeza de despedirse de los camaradas de aventura con la alegría de la misión cumplida», descifraba ayer el capitán de fragata Nuno María d’Orey Roquette. Él ha comandado el lugre Creoula, el buque-escuela donde casi un centenar de alumnos, profesores y marineros lusos han convivido en un espacio de apenas 60 metros de eslora por 10 de manga. El resultado: una suerte de cubo de Rubik donde las conferencias, las faenas de la navegación y la convivencia a bordo se entrelazaban para inculcar varias lecciones.

«Cuando llegasteis, estabais un poco despistados con la disciplina militar, pero con el paso de los días, habéis comprendido por qué tenemos una jerarquía y unas funciones cada uno», recordó el comandante. A bordo, los chicos han tenido que organizarse en grupos para dar el relevo en todos los frentes que exige un navío: el timón, el puente de mando, la cocina, el comedor y el puesto de vigía. «Hoy la sociedad tiene problemas para transmitir a las nuevas generaciones el sentido de la responsabilidad, pero en el velero, cuando cada uno de vosotros debía levantarse a las cuatro de la mañana para coger el timón, habéis comprendido por qué hacen falta coordinación, jerarquía, organización y dar un paso al frente para ayudarnos», abundó Nuno Maríad’Orey Roquette.

Además de las nociones de navegación y vela, y de las aptitudes militares, los grumetes de la UIM se han familiarizado con «la biología, la explotación económica y los conflictos de seguridad y defensa que se dan en el océano», resumió el capitán de fragata. Conocimientos todos adquiridos en vivo y en directo, en alta mar, «demostrando así que la Universidad sabe encontrar formas innovadoras de transmisión de conocimientos más allá de la enseñanza reglada», reivindicó el promotor de la UIM, el catedrático Fermín Rodríguez.

Quizás el saber no ocupa lugar, pero las emociones sí. Ayer, al desembarcar en la base naval de Alfeite, lo que más pesaba en los ‘instruendos’ no eran los kilos de ropa demandando lavandería, tampoco las horas robadas al sueño para prolongar las conversaciones de medianoche. «Juntos hemos visto cómo el navío se movía haciendo que la luna pareciera borracha allí en el cielo; juntos nos hemos comido esta tarta de cumpleaños que ahora llevamos en el corazón», expresaba la investigadora de la Universidad de Oviedo Isabelle Gutton. La tradición de la marina lusa ha encontrado una fórmula para resolver este tipo de situaciones. Cada vez que un joven de ojos nostálgicos se despedía ayer de un marinero, encontraba la misma respuesta: «No digas adiós; nosotros decimos hasta la próxima».

Fuente: El Comercio Digital

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Portugal, un laboratorio para el Principado

Archivado en (Sin categoría)por Admin on 04-08-2010

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Fotografía :: Riki Andrés

España ya no es lo mismo y los extranjeros se han dado cuenta de ello. Ahora, en cualquier bar de Portugal no es extraño que un grupo de nativos se arrebate al son de «illa, illa, illa, Villa maravilla». Lo comprobaron ayer los alumnos de la Universidad Itinerante de la Mar (UIM), de visita en Portimao. La anécdota evidencia que el éxito de la selección traspasa fronteras. Si en el país no es raro encontrarse banderas en los balcones, fuera los jóvenes de otras nacionalidades compiten ya por lucir camisetas de la Roja.
Es la última enseñanza de una expedición, la de la UIM, que se inició el martes 20 de julio en Avilés y que encara ya su recta final tras visitar Oporto, Lisboa, Porto Santo, Madeira y Portimao. La travesía ha permitido acercarse al espejo del extranjero, al cómo nos ven desde fuera, pero también constatar cómo en otros lugares las autoridades se enfrentan a los mismos problemas que en Asturias. En el Algarve, por ejemplo, «también sufrimos la invasión de las plantas crasas», lamentó la bióloga lusa Sara Roda. Esta profesional se encargó de liderar una exploración a las marismas del río Alvor. Allí, la especie africana campa a sus anchas. Se trata de una especie de cactus de buena planta «que tiene hojas triangulares para almacenar mucha agua; se adapta bien y quien no conoce sus efectos, puede pensar que es bonita», explicó. Sin embargo, la crasa «coloniza el suelo que antes ocupaban otras especies autóctonas, mucho más feas, pero con una importante función: sus raíces fijan los arenales, cosa que la crasa no hace». Las consecuencias para la cadena alimentaria son varias, porque la falta de arena «acaba con las marismas, que son auténticas maternidades para peces que se crían aquí, y que sólo cuando han crecido, salen al mar y de ahí pasan a nuestro plato».
¿Cómo se frena a una planta? Las leyes lusas están prohibiendo la introducción de este tipo de especies invasoras. En Asturias «el plan de ordenación también impide estas colonias, pero de vez en cuando hay que hacer batidas para arrancar de raíz las plantas», completa el catedrático de Geografía Tomás Cortizo.
La historia de Portimao (literalmente ‘puerto de hombre’) tiene otros guiños para Asturias. Esta ciudad del Algarve contaba 74 barcos de pesca en los años 50 y exportaba higos y algarrobas. Sin embargo, la crisis del sector primario obligó a virar la atención de los nativos hacia el cultivo del turismo. Como en el Principado, el sector del ocio está desarrollándose con un pie metido en el cine. «Estamos en conversaciones con productores americanos que quieren hacer aquí unos grandes estudios porque encuentran un recurso que se nos había pasado por alto: la luminosidad», ilustró el alcalde de la localidad, Manuel da Luz.
Son las últimas lecciones para una tripulación que encara ya la última travesía. Ayer, a las 20 horas, el comandante ordenó iniciar las labores de largada. El barco-escuela Creoula navega ya rumbo a Lisboa, última etapa de la aventura atlántica de la UIM.

Fuente: El Comercio Digital

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Las condiciones

Archivado en (Sin categoría)por Ramón Muñiz on 03-08-2010

“Riki, corre, que se han dado las condiciones”, dijo el señor director, y cinco minutos después. Riki estaba en una zodiac, en mitad del Atlántico, dando vueltas en torno a un Creoula que lucía todo el velamen desplegado. Riki llevaba diez días pidiendo permiso para celebrar esta sesión de fotos. Habló con el director, con el comandante, con el inmediato. Al final, la palabrería se hizo acción en apenas cinco minutos.

Esta es la historia de un sometimiento. En el Creoula como en cualquier embarcación, todos somos rehenes de la mar. Existe un programa de actividades, una serie de intenciones, pero al final, es el Atlántico el que manda. Si se pone bravo, no queda otra opción que renunciar y amoldarse a la marea. Las olas mecen el barco y marcan el ritmo de la vida a bordo.

Son aguas dictatoriales, sí, duras y exigentes. Hace un par de noches, los oficiales proyectaron sobre la vela de contratrinquete un documental sobre la primera expedición de la UIM. Me sorprendió la cantidad de alumnos como nosotros, que terminaron aquel viaje diciendo haber descubierto que su sitio es el mar, que allí es donde han de estar.

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Atención Creoula: hombre al agua

Archivado en (Sin categoría)por Admin on 03-08-2010

El comandante inculca a los jóvenes de la Universidad de la Mar cómo el orden y el equipo pueden vencer cualquier crisis.

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Fotografía :: Riki Andrés

Estás en un navío, como tutor de un grupo de adolescentes. Respondes de lo que les pase y de repente, cuando más tranquilo va el día, oyes un grito y los marineros empiezan a correr por todas partes: «Homem ao mar!». Horas más tarde, ya recuperado el aliento, nueva la alerta: «¡Fogo na biblioteca!». Alaridos que obligan a dejar la sopa, la cama o la ducha y salir a cubierta. El lugre Creoula descansa desde el domingo en Portimao (Portugal) tras una travesía de sorpresas. En los tres días de navegación desde Madeira, se anotaron un fuego en las máquinas, otro en la biblioteca, y cuatro hombres al agua. Todos fueron ficticios, tramados por el comandante Nuno María d’ Orey Roquette y sus oficiales para poner a prueba los reflejos del personal. No hubo más daños que los chichones en quienes sesteaban cuando sonó la alarma. Así, a golpe de susto, se afina también esta maquinaria humana. Si alguien cae al agua, «el que lo ve tiene que gritar y quedarse quieto, apuntando hacia el lugar donde está el náufrago para no perder la referencia; el del puente ha de parar la máquina, activar las alertas y mandar un mensaje a los barcos de la zona», desgrana el sargento Sánchez. «El médico tiene que prepararse; el comandante, ponerse al frente de la operación, y los marineros y cabos de maniobras disponer la lancha semirígida para buscar a la víctima». Los 39 integrantes de la Universidad Itinerante de la Mar (UIM) también tienen su misión: no estorbar y formar juntos para ver si el desaparecido es suyo. Las crisis se acomodan así al reglamento de la marina que todo lo rige. En la mesa del comandante, nadie coge una cuchara hasta que el comandante no lo hace. Tampoco se habla, hasta que lo haga él. El mismo océano cae en los códigos. Lo sabe el gijonés Alejandro Saralegui, que hizo de ’sombra’ a los oficiales del puente de mando. Cada hora, anota las condiciones de la mar y la navegación. La última vez podría haber puesto que el velero avanzaba bien y que la noche estaba tranquila. Sin embargo, escribió: «Nuestra posición es 34º 49.944′ N y 12º 35.329 W, la dirección que seguimos es 52,1º, con una velocidad de siete nudos. El viento nos golpea con fuerza de cinco nudos a 310º de bauprés. El punto en el que nos encontramos tiene la plataforma marina a 2.504 metros de profundidad, hacia el nordeste el banco de coral Patch y a babor estamos dejando atrás el banco Ampére, que tiene una montaña submarina cuyo pico queda a 56 metros bajo la superficie. El radar identifica en nuestra zona al buque Maran Pythia (que va a Nigeria) y el carguero Sophie Bolter (con rumbo a Casablanca). Las nubes son bajas, de la categoría estratocómulos».

Mentiras de la navegación

La descripción parece exacta, pero el ingeniero Ricardo Martins matiza: «La navegación es una gran mentira; ningún aparato te da los datos precisos, así que tienes que mirarlos a todos conociendo las desviaciones que arrastra cada uno; pero, sobre todo, tienes que pulir tu instinto y observar lo que te dicen el océano». Nadie puede indicar a ciencia cierta dónde está el Norte. La guía (brújula) magnética recibe influencias que confunden su aguja y la electrónica tampoco es del todo precisa. «Al final, si lo que me dicen las máquinas entra en contradicción con lo que veo en las aguas, no tengo duda: me fío de mis ojos». A veces resulta difícil. Por las noches, por ejemplo. El velero avanza en una oscuridad completa, pero en la proa el agua se llena de puntos fosforescentes. «Son microalgas», desvela el profesor Rui Silva, profesor de la Universidad del Algarve y tutor de la UIM. «Se llaman noctiluca ‘Luminescens dimoflagelado’ y son muy comunes en el Atlántico y el Mediterráneo». La noche es también el momento en el que el Creoula aprovecha para navegar por el pasado. El comandante dirige la operación: en mitad del Atlántico y con la vela de contratrinquete como pantalla, proyecta un documental sobre la época en la que se ensambló el velero. Fue en 1937, cuando Portugal «se cansó de importar bacalao de Gran Bretaña y construyó sus propios bacaladeros, que estaban seis meses pescando en Terranova», rememora. Aquella gente no podía volver hasta llenar las bodegas de pescado. Un día malo era un día más lejos de casa. Y con esa presión se la jugaban a solas: cada marino tenía un pequeño dori (un bote de dos metros de largo) y en él pasaba todo el día echando anzuelos. Buscando así el camino de vuelta a casa, a sus mujeres, a los hijos que nacían y crecían lejos.

De pescadores a criadores

El oficio ha cambiado mucho desde entonces y que lo hará más aún. «Los caladeros se están agotando y la única solución es que los pescadores se conviertan en criadores», adelanta Silva. Es experto en acuicultura en un país, Portugal, donde, gracias a fondos europeos, Pescanova ha puesto en marcha una piscifactoría capaz de producir 700.000 toneladas de pescado al año, «algo que supera todas las capturas de nuestra flota». El mañana que dibuja tiene a los hombres de mar «yendo con sus embarcaciones a alimentar a peces que se cultivan metidos en jaulas, algunas incluso a la deriva». Quizás acierte y quizás las cosas cambien, aparentemente. Sin embargo hay otra forma de leer sus palabras y la imagen de aquellos hombres que desde el Creoula libraban una batalla a muerte contra el mar. Esa gente sobrevivió a base de coraje, disciplina y camaradería. Forjaron un código que hoy los marineros tratan de contagiar a los alumnos de la UIM.

Fuente: El Comercio Digital

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