«En un día aprendes tanto aquí que cuando despiertas a la mañana siguiente parece que pasó un año», dice Pablo Ares
La Universidad Itinerante de la Mar fondea en Porto Santo tras 4 días de navegación

Fotografía :: Riki Andrés
Soltad amarras. Viajar contra la tierra y sus reglas. Aquí y ahora es lo que están haciendo un grupo de jóvenes asturianos, todos en la veintena, todos enrolados en el lugre Creoula, un bacaladero de 1937 que la marina portuguesa opera como barco-escuela. La Universidad Itinerante de la Mar (UIM) cumple este verano cinco años organizando con él unas expediciones que funcionan como un reto para sus alumnos: deben sobrevivir dos semanas, en alta mar, embutidos en una nave de 67 metros de eslora, compartiéndola con una guarnición de la marina lusa. Una vez soltadas las amarras, ya no hay forma de huir. Sólo el Atlántico, como amigo y enemigo.
La lección dio comienzo el pasado viernes 23, en Lisboa, y ayer alcanzó las playas de Porto Santo, en el archipiélago de Madeira. Entre medias, cuatro días sin móviles ni internet, sólo un tiempo distinto al terrestre, «extraño, que se alarga para que quepa en él de todo… En un día aquí intimas y aprendes tanto que cuando te despiertas a la mañana siguiente parece que haya pasado un año», indica Pablo Ares, estudiante de Derecho en la Universidad de Oviedo y tripulante del Creoula. Cada segundo es distinto, y lo distinto reclama toda la atención. En esta lugar «si uno se cae por la borda, de noche, estaremos en una situación muy peligrosa porque después de unos segundos ya no se ve el lugar en el que estáis», advierte nada más empezar el capitán de fragata Nuno María ‘d’Orey, el marino de más alto rango en esta expedición. A sus órdenes están 37 marinos profesionales y la vida de 39 profesores, catedráticos y estudiantes a los que más vale enseñar que aguantar las consecuencias.
Por eso, los ‘instruendos‘ (alumnos) acaban repitiendo la organización militar: divididos en cuatro grupos, todos se encargan en turnos de cuatro horas de las tareas del barco. Así, cuando un profesional coge el timón a media noche, hay un joven que ha abandonado el catre para ponerse a su lado. Cuando toca limpiar los baños, cocinar, servir o gritar ‘tierra a la vista’, hay un grumete a la sombra del marino portugués.
Moldear el carácter
Vivir en la falda de una cordillera imprime carácter: todos los días la naturaleza te muestra colosos de roca para que recuerdes que esos problemas que dices sufrir tampoco pueden ser tan grandes. Lo mismo ocurre ante el mar. Los grumetes llegaron a él desde Avilés, Gijón, Oviedo, Pola de Lena, Tarragona, Brasil, Oporto… Cada uno con su historia, idioma y MP3. Sin embargo, el viernes a primera hora, en los muelles de la Escuela Naval de Alfeite (Lisboa), el océano dicta sentencia: atrás quedan los sujetos, el Creoula sólo admite ‘instruendos’ (alumnos). La orden pone en fila y a cubierta a toda la tripulación. Es una manera de respetar las leyes de la mar, esas que se escribieron en un tiempo en el que «si no estaban todos a la vista, los de tierra podían pensar que el navío llegaba con intenciones ocultas», explica Tomás Cortizo, codirector de la UIM.
La mañana acompañaba. ‘Criolla’ (así es su nombre en castellano) se despegó de la dársena a las 10.30 horas, iniciando una travesía que le permite lucirse ante media Lisboa. Ahí está el barco, pasando ante la Plaza del Comercio, bajo el tráfico de Puente del 25 de Abril (antes de la revolución de los claveles, puente Salazar), embocando el estuario del Tajo en busca del océano. La frontera entre las dos aguas se la marca a babor el faro de O Bugio y a estribor el Fuerte de San Julião da Barra, un acuartelamiento que aún hoy es sede oficial del ministro de defensa luso. «La historia dice que quien controlaba este acceso, dominaba Lisboa», recuerda Rui Cabral e Silva, profesor de Biología reconvertido en instructor para la UIM.
Con la quilla ya en el Atlántico, con el viento soplando del Norte y con nuestro destino, el puerto de Funchal (Madeira), a 225 grados, Nuno María d’Orley toma una decisión: desplegar las velas de trinquete, trinquete de mayor y mayor de mesana. «No podemos tener mejor tiempo para navegar», indica el contramaestre Madera. Nueva orden. En el barco las velas se izan con todas los brazos disponibles. Marineros y estudiantes. Portugueses y españoles. Mano sobre mano, los cabos son enrollados, colgados o entregados. Gracias a ello, el lugre se pone en seguida a nueve nudos de velocidad, recibiendo el azote de una mar encrespada con olas de entre dos y tres metros.
Biodramina y ‘portuñol’
Hemos dicho que el individualismo fue lo primero en saltar por la borda. Luego hizo lo mismo el desayuno de algunos cachorros de mar. La marea mece el lugre provocando extraños fenómenos. Los cubiertos parecen querer escapar de la mesa; ir al baño adquiere tintes deportivos; y hasta los tripulantes más agnósticos sufren su particular conversión. Ya todos son devotos de Santa Biodramina. Ella vela por los estómagos y alimenta una navegación a toda pastilla. Con su favor, el mar enseña, los profesores dan lecciones, los marineros aguantan con paciencia y buen humor. El ‘portuñol’ se ha hecho la lengua franca del Creoula. Con ella pone rumbo a su próximo objetivo: el puerto de Funchal, en Madeira. «¿Sabéis en qué se diferencia de Canarias?», plantea desde la cubierta Fermín Rodríguez, ‘padre’ de la UIM.
Fuente: El Comercio Digital
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